Entrevista a Alfredo González Ruibal, Arqueólogo en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC y escritor: «Hacer arqueología de la España de Franco es rebelarse contra el silencio que impuso la dictadura»

Desde la primera página, el autor nos cuenta quién es, de dónde viene, cómo trabaja y por qué lo hace. Nos habla de su familia paterna. Su abuelo fue uno de los que se enriqueció durante y después de la guerra. Tenía una empresa de construcción, uno de los negocios más rentables en un conflicto armado. Explica que, además, si eras de derechas y tenías víctimas de la violencia revolucionaria en la familia, las posibilidades de enriquecerse en la España de Franco eran infinitas. La mano de obra salía gratis. En 1940 había 160.000 prisioneros realizando trabajos forzados. Fueron muchos los empresarios que se lucraron del trabajo de los esclavos de Franco. Ese mismo año, mientras muchos se morían de hambre, su abuelo, con 30 años, se compró un caserón modernista con piscina y cancha de tenis. «Afirmar que los represaliados de la dictadura y mi abuelo perdieron igualmente la guerra no solo es absurdo. Es obscenamente inmoral».

Escribe Alfredo que los recuerdos de su familia le permiten «ofrecer un contrapunto a la miseria y el dolor que excavo y dar a conocer la vida de los otros: el uno por ciento que perdió en la guerra, pero al que le fue estupendamente bien en la dictadura». Mientras su abuela convivía con joyas, su suegra, María, a quien dedica este libro, malvivía entre el hambre y el frío. De niña no conoció la carne ni la leche y comía huevos dos veces al año, como millones de Marías en este país.

Para Alfredo, trabajar en la arqueología de la España de Franco es rebelarse contra el silencio que impuso la dictadura; es la arqueología de la dignidad. «Tratamos de hacer que los objetos nos relaten lo que las personas no han podido o querido contarnos (…). Aunque trabajamos con objetos, con ruinas y con huesos, lo hacemos para recuperar la memoria de la gente: la que usó esos objetos, la que vivió en esas ruinas, a la que pertenecieron esos huesos».

Los arqueólogos estudian las casas como productos sociales y, por tanto, impregnadas de ideología. Las casas sin pan y sin lumbre de la dictadura hablan de las duras condiciones en las que sobrevivían las familias desposeídas del franquismo. Documentan la huella material del exterminio que neutralizó la oposición efectiva a Franco durante dos décadas y que le permitió reinar sobre la paz de los cementerios.

Los numerosos restos de botellas de Pedro Domecq y de González Byass identifican las trincheras de quienes se alzaron contra la República. Ellos apoyaron y financiaron el golpe de Estado de 1936. La dictadura frustró la reforma agraria que temían los bodegueros, acabó con los derechos laborales y otorgó a los empresarios jerezanos contratos millonarios con el Ejército.

En los campos de concentración hay huellas de otro tipo. Restos que hablan por sí solos de la monstruosidad que dejó la represión. Uno de ellos es el de los antiguos abrelatas encontrados en las letrinas de los campos de concentración con restos de sangre. La escasez de comida y de agua provocaba que la gente muriera no solo de hambre y enfermedades, sino también de estreñimiento. Las llaves de abrelatas se utilizaban para intentar extraer las heces y ahuyentar así esa muerte lenta y agónica por septicemia o peritonitis.

La historia se encuentra ahí, esperando que alguien se acuerde de ella, dice el arqueólogo con la esperanza de incitarnos a seguir buscándola, reconstruyéndola y contándola.

País en ruinas. Historias enterradas de la España franquista (1939-1975), Alfredo González Ruibal. Editorial Crítica, 2026

GEMA DELGADO: ¿Cómo trabaja la arqueología del franquismo para llenar esos silencios, los vacíos de aquellas personas a las que, además de eliminar físicamente, trataron de borrar de la memoria para que no dejaran huella ni en los recuerdos?

ALFREDO GONZÁLEZ RUIBAL: Tratamos de recuperar historias que han sido silenciadas y ocultadas, muchas veces a través de la violencia, sobre todo durante la posguerra, con el asesinato sistemático de republicanos, resistentes y maquis, cuyos cuerpos acabaron en fosas comunes. Una forma de recuperar esas voces y esas identidades silenciadas es mediante la excavación de fosas comunes, pero también lo hacemos a través de excavaciones en campos de trabajos forzoso y en los campamentos donde vivieron estos guerrilleros.

Pero el franquismo no solo impuso el silencio a quienes asesinó. También silenció a quienes sobrevivieron. Mucha gente de a pie que vivió la dictadura, la gente de clase trabajadora y, más aún, quienes tenían una ideología de izquierdas y sufrieron la violencia física o estructural de la represión franquista, interiorizaron que sus vidas no merecían ser contadas. Como mi suegra, que nunca me habló de su vida durante el franquismo hasta que yo ya había empezado a escribir el libro.

Lo que trato de hacer en el libro es demostrar que esas historias sí merecen ser contadas y que, de hecho, son las vidas que más merecen ser contadas.

El régimen franquista trató de destruir la humanidad de los vencidos condenándoles a vivir en unas circunstancias más propias de animales que de personas. Pero la gente se rebela. En algunos casos es una cuestión explícitamente política

G.D.: Historias reconstruidas a base de saber escuchar a los objetos que hablan y cuentan historias, como las latas de conserva reutilizadas en forma de platos, tazas o cucharas en los campos de concentración y las prisiones.

A.G.: El régimen franquista trató de destruir la humanidad de los vencidos, de los republicanos. Y lo hizo, fundamentalmente, a través de estrategias materiales, condenándolos a vivir en unas circunstancias más propias de animales que de personas. Pero la gente se rebela. Incluso en esas circunstancias horribles hace todos los esfuerzos posibles por seguir siendo humana.

En algunos casos es una cuestión explícitamente política. Es algo que va más allá de la pura supervivencia, porque puedes comer con las manos o meter la cabeza en la olla, pero el hecho de comer con una cuchara supone reivindicar que somos personas. Y por eso fabricamos objetos, que es algo esencialmente humano, para poder consumir la comida como personas.

Eso es una constante que se repite en los campos de concentración: los presos reciclaban latas para fabricar escudillas, tazas y cucharas.

G.D.: Entre los objetos que hablan por sí solos has escogido un sonajero que acompañaba los huesos de Catalina, hallada en una fosa común. Era el sonajero de su cuarto y último hijo, de nueve meses, que, guardado en el mandil, la acompañó hasta el paredón. O la corbata con la que José Alba quiso mantener la dignidad cuando lo fusilaron.

A.G.: Hay una serie de objetos que realmente cuentan la integridad insobornable de muchas de estas personas asesinadas. El caso de la corbata de José Alba, para mí, es de los más impresionantes.

José Alba era una persona con un perfil político muy poco marcado, seguramente con creencias progresistas y liberales. No militaba en ningún partido ni se había significado durante la Guerra Civil. Era empleado de una empresa. Al acabar la guerra alguien lo delata. Le hacen un juicio de guerra exprés, lo condenan a muerte y, cuando sabe que lo van a fusilar, pide a su familia que le envíe una corbata.

Lo fusilaron con esa corbata. El enterrador consiguió rescatarla y se la devolvió al cuñado de José, que la entregó a la familia. Desde entonces ha ido pasando de generación en generación: primero la conservó su esposa; después, su hija; y ahora es la nieta de José Alba quien custodia la corbata de su abuelo. Ante la ausencia de un ser querido, el objeto acaba convirtiéndose en ese ser querido.

Para mí es toda una lección sobre cómo enfrentarse a quienes te van a asesinar. Demostrar, en una situación de terror, que sigues siendo una persona digna y que quieres mantener esa dignidad hasta el final.

G.D.: Hay tantos José Alba y tantos Julián Grimau anónimos… Miles de historias aún dormidas y desconocidas, con las que se podrían llenar libros y libros de atrocidades. Pero no es ese el objetivo de tu libro.

A.G.: No, no lo es. Podemos correr el riesgo de saturar con tanta violencia y de reducirla a números. Esa cifra de 150.000 asesinados por parte de los sublevados y del régimen franquista acaba abrumando y, al mismo tiempo, paralizando.

Creo que la forma de salir de esa saturación y de esa parálisis es a través de historias que son únicas, pero que al mismo tiempo representan a esas otras 150.000 personas asesinadas.

Tenemos miles de historias que contar y conviene ir contándolas para que sigamos sintiendo ese golpe de la memoria, para que nos sigamos emocionando y nos sigamos indignando.

Y no son solo las personas asesinadas. También están las historias de quienes fueron mutilados en vida de alguna manera, de quienes fueron empujados a la desposesión y a la miseria.

A la familia de José Alba, como a tantas otras, le robaron todo. Era una familia de clase media: su padre tenía un buen empleo y poseían una casa en el centro de Valencia. Esa casa se la robaron y nunca se la han devuelto. Es una herida que sigue abierta, como la de miles de españoles. Les despojaron de lo que tenían, no les permitieron volver a disfrutar de una vida mínimamente digna y nadie les ha devuelto el botín que les arrebataron.

G.D.: Hablas de una violencia infraestructural. Cuando comenzó la reconstrucción de España después de la Guerra Civil, hubo zonas que se reconstruyeron más rápido y otras a las que se mantuvo el castigo, privándolas de alcantarillado y de otras infraestructuras vinculadas, además, con la higiene y la salud.

A.G.: En el caso de Madrid, por ejemplo, los barrios de clase media, como Argüelles, se reconstruyeron, en su mayor parte, muy rápido, durante los años cuarenta. En cambio, barrios obreros que habían sido completamente aniquilados, como Vallecas, no empezaron a reconstruirse realmente hasta bien avanzados los años sesenta o incluso los setenta. Condenaron a sus habitantes a vivir entre las ruinas, en cuevas o en chabolas hasta el final de la dictadura.

G.D.: Dedicas un capítulo a Vallecas, a cómo un barrio que tenía un cierto nivel de vida, electricidad, alcantarillado y calles adoquinadas lo pierde y, castigado, no lo recupera en décadas.

A.G.: No es que España no hubiera avanzado hasta ese punto; es que aquello supuso un auténtico retroceso. El caso de Entrevías, en Vallecas, es muy interesante. Cuando los arquitectos franquistas llegan allí, a mediados de los años cincuenta, para estudiar qué se puede hacer y empezar a construir viviendas para todas esas personas que estaban viviendo en condiciones horribles, uno de ellos, Francisco Javier Sánez de Oiza, dice: «Es curioso, porque este barrio, que ahora vemos completamente devastado, por lo que se ve tenía infraestructuras antes de la guerra: había alcantarillado, calles y demás».

Lo comenta casi con una mirada arqueológica. Es decir: «Fijaos qué civilización había en el pasado, que ha desaparecido y que ahora tenemos que reconstruir». Y lo expresa como si hubiera sido una catástrofe natural, cuando fueron los suyos quienes redujeron ese barrio obrero a cenizas.

G.D.: ¿Por qué elegiste el título “País en ruinas” para este libro?

A.G.: Porque las ruinas físicas con las que trabajo en arqueología coinciden, en la España franquista, con la ruina política y moral en la que quedó el país: un régimen que condenó a millones de personas a vivir en la miseria o a sufrir persecución durante la dictadura. Ruinas humanas y ruinas físicas.

G.D.: En esta arqueología contemporánea hay huellas de empresas muy conocidas que colaboraron con el golpe de Estado, que fueron premiadas por el régimen y que se enriquecieron con el trabajo esclavo de los presos políticos.

A.G.: El libro de Antonio Maestre, Franquismo S. A., cuenta cómo esas familias han llegado hasta la actualidad con el mismo poder y siendo todavía más ricas.

El problema es que esto es algo que hemos naturalizado. Han acabado camuflándose en el paisaje y no somos conscientes de hasta qué punto muchas empresas —algunas enormes, otras no tanto— son el resultado, una vez más, de la expropiación y de la violencia.

Y nadie les ha pedido rendir cuentas. Al contrario de lo que ocurrió en Alemania y en otros países europeos con el nazismo, en España ninguna empresa ha hecho un ejercicio de reparación o de reconocimiento. Se han enriquecido a base del robo, de los asesinatos y de la mano de obra esclava, y no pasa nada.

En el libro trato también de llamar la atención sobre eso y hacerlo a través de los restos de las personas a las que explotaron; de las chabolas donde vivieron esos presos y, sobre todo, sus familiares.

G.D.: Una forma de explicar que la guerra no acabó en 1939 fue la continuidad de los asesinatos y las represalias durante la posguerra, en los campos de concentración, en las prisiones y en la exclusión social y laboral.

A.G: Murió más gente de hambre durante la posguerra que durante la propia guerra. Y las formas de castigo que comenzaron durante la Guerra Civil, como los campos de concentración, se prolongaron hasta 1947. Los destacamentos penales y los campos de trabajos forzados para soldados prisioneros, que empezaron también en 1937, continuaron, bajo distintas modalidades, hasta 1952. En el caso de Mirasierra, en Madrid, hasta 1970. Es increíble pensar que hubo campos de trabajo forzado en España prácticamente hasta anteayer.

G.D.: También se aprecia esa forma de prolongar la guerra en la lucha contra los maquis y en la manera en que la Guardia Civil asesinaba a población civil, familiares y vecinos.

A.G: Ese tipo de violencia encaja muy bien con la que se estaba produciendo, en ese mismo momento, durante la Segunda Guerra Mundial. Es una guerra contra la insurgencia de carácter fascista, en la que el enemigo es la población y, fundamentalmente, la población rural. Por eso no se distingue entre combatientes y no combatientes.

Hay castigos ejemplares en los que se masacra a personas que no habían participado en ningún acto, ni de apoyo ni de combate contra el régimen. Se diezmaban pueblos enteros: si en un pueblo había un guerrillero, mataban a diez personas.

Es una guerra atroz que prácticamente ha desaparecido de la memoria. Es una violencia estatal absolutamente sin límites, que se cebó tanto con los guerrilleros como, sobre todo, con la población civil. De hecho, hay zonas donde hubo muchos más muertos entre la población civil que entre los propios guerrilleros.

G.D.: También documentas el nivel de organización de los maquis.

A.G.: En algunos casos estaban muy estructurados, bien organizados, bien avituallados y tenían un gran control del territorio. En algunas zonas, como el sudeste de Galicia, llegaron a poner en jaque al régimen.

G.D.: Cuentas que en uno de los refugios de los maquis, en Peña Montañesa, en Huesca, se encontraron ejemplares de Mundo Obrero y de Nuestra Bandera.

A.G.: Sí. Ejemplares de 1948. Y libros como el Manifiesto Comunista o el informe presentado por Dolores Ibárruri en el congreso del PCE celebrado en París en 1947.

La verdad es que esa historia es increíble. Pensar que había gente en una cueva de los Pirineos imprimiendo panfletos y revistas, y recibiendo publicaciones para distribuirlas por los pueblos y las ciudades.

Es uno de los ejemplos de la asombrosa capacidad de organización que tenía la guerrilla. Y también una muestra muy importante de cómo la resistencia, en esos momentos, a finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta, recaía esencialmente en el Partido Comunista, igual que había ocurrido hacia el final de la Guerra Civil.

Fueron los comunistas quienes mantuvieron viva la lucha antifranquista durante aquellos años. El PSOE había quedado desarticulado y los anarquistas estaban prácticamente laminados.

G.D.: A los maquis se les llamó bandoleros. Tú los llamas partisanos.

A.G.: A mí me gusta la palabra partisano, porque tiene esa connotación heroica de luchador contra el fascismo y contra la dictadura, como los partisanos franceses e italianos. Y me parece importante porque eso es precisamente lo que eran los luchadores contra el fascismo en España: partisanos.

G.D.: También hablas del papel que desempeñaron las mujeres como enlaces y sostén de la guerrilla, y de cómo lo hicieron desde una posición mucho más expuesta que la de los guerrilleros.

A.G.: Para muchas de ellas fue una experiencia horrorosa y prolongada en el tiempo. Los guerrilleros, al final, estaban en la montaña, relativamente a salvo, salvo en los momentos puntuales en los que se enfrentaban con las fuerzas del régimen. Vivían en sus refugios, mientras que los enlaces y, sobre todo, las mujeres permanecían expuestos en los pueblos.

Muchas de ellas, por ser republicanas o familiares de republicanos, estaban sometidas a un acoso constante, con torturas y abusos sexuales. Y sabemos que a muchas las acabaron asesinando, tanto por la documentación conservada como porque las encontramos en las fosas comunes.

Hay que evitar hablar de recuperar la dignidad de las víctimas, como si hubieran cometieran actos indignos. Las víctimas lo que perdieron es la vida, sus posesiones y la libertad, no la dignidad

G.D.: Las palabras y el lenguaje son importantes. Explicas que no habría que repetir frases hechas, como decir que hay que recuperar la dignidad de las víctimas, porque la dignidad nunca la perdieron.

A.G.: Sí. Hay que evitar hablar de «recuperar la dignidad» de las víctimas, como si esa dignidad se hubiera perdido porque hubieran cometido actos indignos y ahora nosotros tuviéramos que devolvérsela. Las víctimas perdieron la vida, la libertad y sus bienes. Lo que nunca perdieron fue la dignidad.

G.D.: Otro objetivo que marcas en el libro es recuperar la historia de los trabajadores y de sus familias en el Valle de los Caídos.

A.G.: Podría hablar de otros monumentos o de otras infraestructuras, pero elijo el Valle de los Caídos porque allí el franquismo transmitió, de forma muy eficaz, una imagen de eficiencia, monumentalidad y desarrollo.

Era una imagen sublime del régimen, que construye un monumento con la cruz más alta de la cristiandad y una basílica excavada en la roca. Todo está pensado para impactarnos e impresionarnos.

Al hablar de los trabajadores, de sus familias y de los restos materiales que nos han dejado, lo que hacemos es desublimar ese monumento; oponerle el contramonumento de la humildad de esas personas y de las condiciones en las que vivieron y trabajaron para levantarlo.

Es la imagen de la miseria, del sufrimiento y de la escasez, pero también, una vez más, de la dignidad de unas familias trabajadoras que consiguieron permanecer unidas, luchar por sobrevivir y hacerlo de la manera más digna posible frente a ese monumento desmesurado y vacío que es el Valle de los Caídos.

G.D.: En el prólogo también nos adviertes del peligro de la falacia de la equidistancia. ¿Qué resultados nos está trayendo esa equidistancia?

A.G.: Creo, de hecho, que estamos entrando en una fase todavía peor. La equidistancia fue lo que caracterizó a la democracia desde la Transición. Esa idea de que todo el mundo era culpable; de la lucha fratricida; de que todos somos víctimas.

Los verdugos desaparecen y la Guerra Civil se convierte en una catástrofe natural. Y, como todo el mundo es culpable y todo el mundo es inocente, al final nadie es responsable. Al mismo tiempo, se evita hablar de culpables para no incomodar a nadie. Hay que tener muchísima sensibilidad hacia los asesinos, pero bastante menos hacia las víctimas.

Eso es lo que ha facilitado, en última instancia, que ahora estemos pasando de un relato equidistante a otro abiertamente favorable a la dictadura. La ultraderecha quiere recuperar el relato que se impuso durante el tardofranquismo: el de una dictadura que cerró las heridas de la Guerra Civil, desarrolló económicamente España y puso las bases de la democracia.

Ese es el discurso hacia el que nos dirigimos ahora. Es un paso más allá de la equidistancia: la defensa abierta del régimen de Franco.

Intento estudiar el pasado de la forma más objetiva posible a través de la documentación primaria, en este caso los objetos del pasado. Son pruebas materiales, como las pruebas forenses en un juicio

G.D.: Lo valioso de este libro es que disecciona nuestra historia reciente a través del estudio de los objetos, de las cosas, de lo que habéis encontrado en las excavaciones. Desde la evidencia, desde la documentación y desde la ciencia.

A.G.: Sí. Yo intento hacer dos cosas en el libro. Por un lado, contar historias que nos emocionen a través de los objetos y que revelen muy bien la naturaleza del régimen franquista. Pero, por otro, como arqueólogo, me considero un científico e intento estudiar el pasado de la forma más objetiva posible a partir de la documentación primaria; en este caso, de los objetos del pasado.

Quiero que quede claro que los elementos con los que construyo esas historias son elementos tangibles, pruebas materiales, igual que las pruebas forenses en un juicio.

Y también quiero dejar claro que las historias que cuento a través de los objetos representan fenómenos mucho más amplios que pueden expresarse cuantitativamente. Por eso, a lo largo del libro, aparecen tantas cifras y tantos porcentajes. Las cifras son importantes y, además, proceden de la propia documentación franquista original.

El libro juega continuamente con esas dos pruebas: la prueba material, contundente e irrefutable, el objeto que existe en el mundo; y, por otro lado, la prueba documental, que es la propia documentación franquista.

G.D.: ¿Por qué dedicas el libro a tu suegra?

A.G.: Porque para mí representa esas historias de dignidad silenciadas; las de toda esa gente que sufrió, luchó y trabajó por construir una España mejor.

Creo que deberíamos recordar mucho más a personas como mi suegra. En realidad, su historia es todas las historias. Son millones de historias que permanecen dentro de las familias y que muchas veces nunca llegan a salir a la luz.

Este libro es un esfuerzo por desfamiliarizarnos de este pasado que nos rodea y empezar a verlo con una mirada extraña. Preguntarnos: ¿qué es lo que ha pasado aquí realmente? ¿Qué ha pasado en mi barrio?

G.D.: El libro acaba con un capítulo muy breve, de apenas dos páginas, titulado Mi país de tormentos y amapolas. Háblame de esas amapolas, de lo que significaron durante todo ese tiempo.

A.G.: Es especialmente importante hablar de esos actos de dignidad, de humanidad y de compasión durante el franquismo, sobre todo en un momento como el actual, en el que da la sensación de que valores como la solidaridad y la empatía no solo están desapareciendo, sino que incluso llegan a considerarse algo negativo dentro de este mundo neoliberal de individualismo y competición.

Es importante recuperar las historias de quienes se ayudaron y se protegieron unos a otros, incluso cuando no se conocían de nada y no compartían ningún vínculo familiar, social o político.

Por eso me parece tan conmovedora la historia del joven asesinado durante la guerra por las tropas franquistas en Villaverde del Ducado, la noche de la Misa del Gallo.

Toda una comunidad, formada esencialmente por mujeres, cuidó de aquel muerto anónimo como si hubiera sido un hijo suyo durante más de ochenta años. Rezaban por él, adornaban su tumba con flores…

Cuando nos pidieron, por favor, que lo exhumáramos para enterrarlo definitivamente en el cementerio, descubrimos esa extraordinaria historia de cuidados sostenida, de forma constante, durante décadas, por un pequeño pueblo de Guadalajara.

G.D.: Finanalizas el libro diciendo que debemos insistir más en el concepto de la dignidad. ¿Nos estás invitando a hacer arqueología para recuperar las historias silenciadas de nuestras familias y de nuestros entornos?

A.G.: Sí. De hecho, es una invitación a recuperar la memoria que puede conservarse en la familia o permanecer escondida en el paisaje cotidiano, en el barrio donde vives o en el edificio en el que habitas.

En muchos sentidos vivimos rodeados de ese pasado reciente. Es un pasado tan familiar y está tan presente que, muchas veces, nos cuesta verlo con claridad. Debemos ser capaces de reconocer los efectos que la dictadura sigue teniendo en nuestras vidas y en el paisaje que habitamos.

Este libro es, precisamente, un intento de desfamiliarizarnos de ese pasado que nos rodea y empezar a contemplarlo con una mirada extrañada. Preguntarnos: «¿Qué ocurrió realmente aquí? ¿Qué pasó en mi barrio? ¿Qué pasó en mi familia? Quiero saber».

G.D.: Puede ser una forma de hacer pedagogía en los colegios y en los institutos.

A.G.: Hay que invitar a las generaciones más jóvenes, que son las más susceptibles de caer en los relatos revisionistas y de abrazar posiciones antidemocráticas, a explorar la realidad de la historia reciente de España y también la historia de sus propias familias.


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