Cuando la izquierda olvida la lucha de clases

Este artículo nace de la incomprensión. Incomprensión por todos aquellos movimientos denominados socialistas pero que pasan por alto las contradicciones de su discurso y que pretenden esconder, bajo una falsa retórica, un sentimiento internacionalista que lejos de apoyar a los movimientos con pretensiones obreras se centran en apuntalar el poder de estados protoimperialistas como Irán, Rusia o China.

Estas tres potencias mundiales o regionales —dependiendo de quien las caracterice—, están, al menos retóricamente, en contra de los Estados Unidos y abiertamente enfrentando su hegemonía en todo el globo. En este escenario destaca China, mediante tratados económicos en regiones como África o América Latina; también Rusia, con la invasión de Ucrania y Crimea, manteniendo sus posiciones en el Mar Negro y con la mirada puesta en las cálidas aguas del Mediterráneo; e Irán, extendiendo su paraguas militar mediante el Eje de la Resistencia, ahora muy debilitado.

Algunos de los sectores de la izquierda a los que nos referimos apoyan abiertamente a estos países y la creación de organismos como los BRICS. Pelean por la creación de un mundo multipolar, con la idea de ver caer la hegemonía estadounidense y el imperialismo que tanto daño ha hecho desde hace más de setenta años en forma de golpes de estado, guerras imperialistas, operaciones de cambio de régimen y control del mercado y las transacciones de la economía mundial mediante el dólar.

Al mismo tiempo, estos militantes y organizaciones caracterizadas como revolucionarias callan ante las masacres cometidas por el régimen iraní en las últimas protestas, que dejan un saldo de más de tres mil fallecidos, la mayoría de ellos manifestantes. Callan cuando Rusia encarcela a activistas, marxistas y anarquistas por montar grupos de lectura sobre la revolución. Callan ante el extremo control tecnológico y represivo que vive China en la actualidad. Pero esos mismos militantes y organizaciones no pierden ni un segundo en acusar, por ejemplo, a los combatientes de las YPG/YPJ, del PKK y de otros grupos socialistas del Kurdistán, de ser unos vendidos al imperialismo estadounidense o incluso ser parte del lobby sionista y apoyarlo.

En este artículo haremos una crítica a la política de bloques y al apoyo desde posiciones socialistas al multipolarismo, puesto que no hacen más que desplazar la cuestión de la clase en favor de regímenes autoritarios y capitalistas. Argumentaremos a favor de las tesis del internacionalismo de clase, la unidad revolucionaria y la organización en un contexto en el que la brecha entre clases se profundiza más cada día, frente a los estados burgueses y la guerra imperialista. En especial nos centraremos en Irán y en las últimas protestas, analizaremos la cuestión de las alianzas tácticas entre actores subalternos y potencias, sobre cómo estos grupos aprovechan las contradicciones del capital, y de la relación histórica y actual de los movimientos de liberación kurdo y palestino.

1. Antiimperialismo, internacionalismo y geopolítica burguesa

“El enemigo de mi enemigo NO tiene que ser mi amigo”

El imperialismo, en la tradición socialista, constituye una fase histórica del capitalismo caracterizada por la concentración y centralización del capital en monopolios, la hegemonía del capital financiero, la exportación de capitales sobre mercancías, el reparto del mundo entre grandes corporaciones y potencias estatales y la recurrencia de conflictos por la redistribución de esferas de influencia. No es simplemente una política exterior agresiva, sino una estructura sistémica de acumulación global basada en la subordinación económica, política y militar de territorios periféricos, en donde la clase trabajadora es la principal damnificada.

Un ejemplo perfecto en la actualidad es Estados Unidos, que bajo un cinismo sin límites y sin esconderse lo más mínimo, mantiene una política imperialista cada vez más agresiva mediante diferentes herramientas como son: la proyección militar y “disuasión” armada, con cientos de bases militares en más de ochenta países y alianzas estratégicas como la OTAN; acciones militares concretas, como bloqueos navales y ataques a países rivales —lo que de facto significa declarar la guerra—, invasiones, bombardeos, secuestros y amenazas constantes que parecen ir en aumento; el dólar, junto al Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, usando su moneda como reserva y el sistema financiero SWIFT y las sanciones como arma política; su capacidad para definir leyes, ordenamientos internacionales, catalogar a grupos como terroristas, lograr la hegemonía mediática e ideológica en gran parte del globo, etc. Todo ello se va incrementando a medida que Estados Unidos va perdiendo su hegemonía en el mundo.

Teniendo estos factores en cuenta, trataremos de definir qué es y qué no es el antiimperialismo. El antiimperialismo no consiste solo en oponerse en un momento concreto a una potencia dominante específica. Estar en contra de los intereses de Estados Unidos no te define automáticamente como antiimperialista, como ciertas izquierdas que interpretan la política internacional bajo una lógica de bloques quieren hacer creer.

El antiimperialismo supone, entre otras cosas, romper las relaciones de dependencia financiera, tecnológica y comercial, defender la autodeterminación de los pueblos, socializar el control de los recursos estratégicos y articular un internacionalismo de clase orientado a superar el capitalismo. Puesto que el imperialismo es una relación de dominación estructural del Estado y el Capital, el antiimperialismo es una posición estructuralmente anticapitalista, basada en la posición que ocupan los sujetos en la estructura de dominación, y que apuesta por la autoorganización de la clase trabajadora de forma internacional.

La estrategia de multipolaridad de los BRICS tampoco implica antiimperialismo en un sentido socialista: no transforma las estructuras de dominación del capitalismo mundial, sino que multiplica los centros de acumulación, manteniendo las mismas lógicas extractivas y competitivas. Se trata de una creación de la geopolítica burguesa que surge tras el ascenso de nuevas potencias, pero este no busca acabar con el capital ni la dominación, sino que las potencias se repartan los polos de poder económico, político y militar a escala global. China y Rusia son los principales promotores de esta perspectiva, buscando fortalecer sus posiciones frente a la hegemonía estadounidense, abriendo nuevos espacios económicos, políticos y diplomáticos.

Asumir la perspectiva del multipolarismo como propia es desplazar las tesis de la lucha de clases y la ruptura revolucionaria que históricamente han defendido las diversas posiciones dentro del socialismo. Es ocultar la lucha de clases del interior de los países, en especial en momentos de confrontación y revuelta, puesto que se limita al apoyo de otros estados capitalistas y sus burguesías frente al hegemón estadounidense, generando en las organizaciones revolucionarias un silencio cómplice ante las masacres y la represión, como hemos podido comprobar en el caso de Irán, pero que también hemos visto en otros momentos en los casos de Rusia o China. La consecuencia es pensar que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo», pero la realidad es que no tiene por qué serlo.

Estos estados no resisten al imperialismo como sistema, sino que aspiran a convertirse en polos autónomos de poder dentro del mismo orden mundial, e incluso a convertirse en países imperialistas, disputando cuotas de mercado, recursos y áreas de influencia frente al resto del mundo y entre ellos mismos. Un ejemplo muy claro es la disputa que mantienen China y Rusia por controlar la influencia y los mercados en Asia Central. Se trata de competencia entre capitales nacionales, no de superación del capitalismo. Su enfrentamiento con Estados Unidos no equivale a una ruptura con el sistema imperialista.

Desde una perspectiva internacionalista, criticar a estos regímenes no implica legitimar el imperialismo estadounidense y occidental. El criterio no debe ser geopolítico (“el enemigo de mi enemigo es mi amigo”), sino de clase (“quién se beneficia de las disputas y quién paga los costos”). El apoyo debe dirigirse a las luchas populares y proletarias por mejores condiciones de vida y su emancipación, oponiéndose simultáneamente a las agresiones externas y a las formas internas de dominación. Un antiimperialismo consecuente y socialista no sustituye una hegemonía estatal y capitalista por otra, sino que cuestiona las bases estructurales del sistema capitalista global y trata de revertirlo.

Vivimos tiempos de descomposición del orden internacional, de crecientes conflictos e intervenciones militares del imperialismo estadounidense y sus vasallos, del sionismo y de todos sus seguidores a lo largo y ancho el globo, especialmente en Asia Occidental, América Latina y la región africana del Sahel, por lo que no podemos permitir que parte de la izquierda revolucionaria asuma los postulados del multipolarismo, la perspectiva o el análisis estatal desligado de los intereses de la clase trabajadora. Ahora más que nunca es necesario que la izquierda revolucionaria se una en un movimiento realmente antiimperialista e internacionalista. Debemos fomentar el fortalecimiento de la clase obrera en todos los sentidos y de sus organizaciones, y acrecentar la disputa del poder hacia el socialismo autogestionario y libertario.

2. Rusia, China e Irán, el falso (no) bloque alternativo

Desde este marco analítico, China, Rusia e Irán, si bien no son aún imperialistas, no pueden caracterizarse tampoco como antiimperialistas, ya que no cuestionan la lógica de acumulación capitalista global ni el reparto jerárquico del mundo, sino que buscan mejorar su posición dentro de él.

China opera mediante un capitalismo de Estado competitivo, con grandes conglomerados y una intensa exportación de capitales hacia África, Asia y América Latina. Tiene sus propios gigantes tecnológicos, burbujas inmobiliarias y salud privada, y mantiene a millones de trabajadores en brutales condiciones de explotación sistemática. La clase dominante china se compone de burócratas estatales y capitalistas privados que viven a todo trapo a costa de los trabajadores, controlan los sindicatos, arrestan portavoces obreros, y utilizan a la policía para reprimir las protestas legítimas de los trabajadores. Y aunque el mercado chino en el exterior no reproduzca el colonialismo clásico, sus inversiones, préstamos e infraestructuras generan de manera interesada relaciones asimétricas, endeudamiento y dependencia, configurando dinámicas de neocolonialismo económico y subordinación.

Rusia, por su parte, actúa como potencia regional que procura consolidar su esfera de influencia en el espacio postsoviético, asegurar rutas energéticas y posiciones geoestratégicas claves en la región de Asia Central, el Mar Negro y el Mediterráneo frente a la OTAN, y garantizar mercados para su complejo energético-militar. No se trata de un proyecto socialista ni emancipador, sino de la defensa de los intereses de su élite capitalista que trata de proyectarse y ganar mercados hacia el exterior. Se trata de un sistema especialmente clientelista y represivo basado en oligarcas enriquecidos tras la caída de la URSS y generalmente muy relacionados con el estado.

Con Irán entraremos más en profundidad dadas las circunstancias actuales: la reordenación geopolítica en Asia Occidental, un previsible ataque imperialista en el país y las mayores protestas de su historia reciente.

2.1. Irán: capitalismo en crisis, teocracia y represión sin límites

La República Islámica de Irán, ubicada en el Asia Occidental, es un país muy complejo con más de 90 millones de habitantes y que hace frontera con hasta siete países distintos, el Golfo Pérsico y el Mar Caspio, así como con estrechos importantísimos para el comercio mundial de hidrocarburos como el de Ormuz, que en la actualidad van sobre todo en dirección a China, India y Japón.

Se trata de una teocracia donde el más alto puesto lo tiene el ayatolá Alí Hoseiní Jamenei desde 1989. No confundir con Ruhollah Musavi Jomeiní, instaurador de la República Islámica que llegó al poder tras la revolución de 1979. Ese año, la revolución iraní derrotó a la monarquía criminal y autoritaria de la dinastía Pahlavi. Mohammad Reza Pahlavi, último monarca de Irán, gobernó bajo un gran poder y control político gracias a una operación de golpe de Estado de la CIA y el MI6 en 1953 contra el primer ministro Mohammad Mossadegh, quien nacionalizó la industria petrolera en 1951, cosa que no gustó a británicos y estadounidenses.

Con el primer ministro fuera de juego y las empresas petroleras occidentales contentas, el régimen respondió ante los intereses estadounidenses y reprimió al resto de corrientes políticas. Hasta que, en 1979, tras varios periodos de apertura, inflación, descontento y huelgas masivas, se logró tumbar a la monarquía y se proclamó la República Islámica. Actualmente su política se basa en un modelo híbrido de instituciones elegidas por votación, como el presidente y el parlamento, con otras no elegidas, como el Líder Supremo, autoridad política y religiosa, o el Consejo de Guardianes y la Asamblea de Expertos.

Irán presenta una economía capitalista dependiente de la exportación de hidrocarburos al mercado mundial. Aún sin lograr entrar en el Fondo Monetario Internacional ni la Organización Mundial del Comercio, ha continuado su propio camino hacia el neoliberalismo repitiendo sus recetas: ha privatizado empresas y fábricas estatales, reformado la legislación laboral y de pensiones, generado las pautas necesarias para un mayor trabajo temporal y subcontratado, eliminado gradualmente los subsidios de productos básicos como combustible o bienes esenciales, etc. La creciente inflación, consecuencia de las sanciones, de las políticas de liberalización económica y de la caída de la tasa de ganancia[1] del capital de los últimos veinte años, ha llevado a la población a una pobreza escalofriante.

Por un lado, las sanciones limitan el acceso al crédito internacional, tecnología moderna, maquinaria y cadenas logísticas eficientes, por lo que producir en Irán es más costoso que en otros países. Al mismo tiempo se ponen trabas a la exportación, uso del sistema bancario o repatriación de ingresos con normalidad, por lo que los beneficios disminuyen. Irán no tiene la capacidad actualmente de compensar esa presión económica mediante la extracción de valor de otros países —como sí hacen China o Estados Unidos— por lo que termina recortando costos internos de forma descarada en forma de privatizaciones, la eliminación de subsidios, inflación, precarización laboral y reducción del gasto social, lo que quiere decir transferir los activos públicos a sus élites privadas.

En definitiva, al no poder aumentar los ingresos externos, reduce los costos internos, y los hijos de los pobres sufren desempleo, falta de vivienda o alimentos con precios disparados, mientras que los hijos de quienes ostentan el poder disfrutan de lujos y placeres en el extranjero puesto que sus padres, cercanos al gobierno o al CGRI[2] poseen el capital y los recursos naturales y minerales del país.

Todas las respuestas populares en forma de huelgas de trabajadores, revueltas estudiantiles o protestas de jubilados ocurridas desde los noventa en lugares como Mashhad, Islamshahr o Teherán han sido reprimidas con dureza y de forma cuasimilitar. El régimen ha reprimido de forma sistemática a nacionalidades y religiones minoritarias, a personas LGTB, a organizaciones obreras y feministas. Ha respondido a las protestas de forma sistemática mediante una represión sin límites, mediante asesinatos, arrestos y encarcelamientos, esta vez dejando un saldo de entre tres mil y cinco mil asesinados (depende de la fuente), la mayoría manifestantes. Afirmar que todo esto son invenciones de la propaganda occidental es mentirse a uno mismo y poner piedras en el tejado de la lucha obrera internacional.

Externamente ha buscado proyección geopolítica regional mediante intervenciones y alianzas militares en países como Siria, Líbano, Yemen o Palestina, configurando un eje de influencia propio. Esto responde a una lógica de competencia estatal por la hegemonía, no a un programa antiimperialista, ni anticapitalista o emancipador, ni a un apoyo humanitario hacia la causa palestina.

En este marco geopolítico, y en el contexto interno que vive el país, las potencias imperialistas —con Estados Unidos como actor hegemónico, el apoyo incondicional de los principales actores europeos y con los intereses estratégicos de Israel como vector central— han venido preparando el terreno para un cambio de régimen político en el país llevando a cabo operaciones de guerra híbrida. El propio Mossad afirmaba en Twitter: “Estamos con ustedes, no solo a distancia y verbalmente. Estamos con ustedes en el terreno”.

Paralelamente, ciertos sectores de la izquierda internacional, atrapados en lecturas reduccionistas y dicotómicas de bloques de poder, han optado por desatender las voces y demandas de sus contrapartes iraníes, invisibilizando sus reclamos, desplazando la cuestión de clase y priorizando una lógica campista por miedo a parecer que están de acuerdo con la agenda estadounidense e israelí. A continuación, y a diferencia de esas posiciones que no hacen más que entorpecer nuestra lucha, atenderemos las demandas de los compañeros revolucionarios en Irán y repasaremos algunas de sus experiencias clave, que en la mayoría de ocasiones han sido silenciadas.

3. Ni imperialismo ni teocracia. Las proclamas invisibles de la clase trabajadora iraní[3]

El último levantamiento en Irán afectó a las principales ciudades y universidades del país, y se ha caracterizado por ser interclasista, interétnico e interreligioso. Y es evidente que las revueltas en Irán no responden únicamente a la injerencia extranjera frente al régimen, sino a las condiciones de vida que estos últimos años no han hecho más que empeorar, a consecuencia de las sanciones, pero también de la política monetaria neoliberal y de la crisis climática.

Por poner en contexto, tras la guerra de 12 días contra el imperialismo estadounidense e israelí, el valor del rial iraní se desplomó por completo alcanzando récords históricos, lo que agravó la ya precaria situación económica. Si en diciembre de 2025 la tasa oficial de inflación era del 42%, la inflación alimentaria se sitúa ahora en el 72% y el aumento del precio del pan ha alcanzado el 113%. La capital del país, por otro lado, sufre la mayor sequía en años y el gobierno se plantea incluso cambiarla de lugar ante su incapacidad para ofrecer soluciones.

El levantamiento comenzó tras la reducción relativa de beneficios de los comerciantes de los bazares, quienes habían obtenido una ingente cantidad de ganancias frente a una sociedad empobrecida, pero esto solo fue la gota que colmó el vaso. Rápidamente se sumaron otros sectores de la población que no hacían más que sufrir de mesas vacías, un aumento considerable de la pobreza, de los impuestos, del precio de la gasolina, un alza sin frenos de los productos básicos, etc. Segmentos de la sociedad como estudiantes, jóvenes, mujeres y trabajadores, no tardaron en sumarse hasta extenderse a ciudades como Isfahán, Mashhad, Karaj, Hamedán, Qeshm, Kish, Mallard, Mamasani y Kermán.

En mitad del caos, los enemigos de Irán –en especial Estados Unidos e Israel– trataron de capitalizar las revueltas hacia las posturas monárquicas del Sha. Con todo su poder mediático internacional empujaron para movilizar hacia sus propios intereses en la región. Mediante operaciones de guerra híbrida, miles de cuentas falsas de Twitter, según una investigación del periódico francés Le Figaro, habrían publicado más de 843 millones de tweets, miles de ‘‘hashtags’’, y generado hasta 1.700 millones de ‘‘me gusta’’ en las publicaciones que promocionaban a Reza Pahlavi y la vuelta de la monarquía. No solo han intervenido en redes sociales, sino que han realizado abiertamente operaciones de terrorismo encubiertas para tratar de tumbar al régimen y difundir propaganda en favor del Sha, también en las calles. Pero definitivamente, según nuestros homólogos en el terreno, no ha habido ninguna ideología ni fuerza política organizada que haya conseguido liderar las protestas.

Algunas de las organizaciones obreras iraníes también denunciaron que las fuerzas monárquicas del Sha, con el susodicho apoyo material y mediático de los Estados Unidos e Israel, llevaron a cabo ataques contra el resto de corrientes ideológicas de las protestas a modo de matones del capital. Con engaños, amenazas de muerte e intimidación, buscaban eliminar a ciertas figuras rivales con apoyo popular lo que, para la izquierda revolucionaria, significaba beneficiar a la República Islámica frente a la revolución popular que estaba en curso.

Una parte de la burguesía y la pequeña burguesía en Irán, apoya las posturas del Sha y mira también hacia Occidente con ansias de incrementar el modelo neoliberal y el libre mercado. Esta es la parte de las protestas que se celebra en la prensa occidental, que no entra en análisis exhaustivos ni en los posicionamientos de los trabajadores, por lo que nos toca a nosotros analizar y dar voz a los movimientos de clase escapando de los análisis campistas y de bloques que parte de la izquierda realizó.

Miles de jóvenes, campesinos, proletarios y mujeres han sufrido las matanzas del régimen, y, con total seguridad tras leer sus postulados, odian de igual manera a Estados Unidos, a Israel y al régimen teocrático de los Ayatolás, si bien carecen de la fuerza suficiente, al menos por ahora, como para ejercer la hegemonía ideológica en el proceso subversivo.

Los lemas más comunes de la izquierda revolucionaria que llamaban a tumbar el capitalismo iraní fueron: “¡Viva la lucha contra la pobreza, los altos precios y la inflación! ¡Adelante la revolución!”, “¡Muerte al régimen, muerte al Sha!”, “¡Sin Pahlavi, sin líder (líder supremo), democracia e igualdad!”, “¡Mujeres, vida, libertad!”, “¡Viva la libertad, viva el socialismo!”, “¡El estudiante muere, pero no aceptará la humillación!”, “¡No al sionismo, no a la monarquía ni al imperialismo!”, y una firme oposición a la intervención externa“fascista de Israel” en su país. Estas posiciones no son fáciles de encontrar en los medios de masas occidentales y solo se encuentran en páginas web socialistas, las redes sociales y vídeos difundidos por los propios manifestantes. Según ellos mismos, se trata de salir del juego dual entre el Eje de la Resistencia y el Imperialismo, puesto que ninguno de los dos representa la «liberación socialista».

Cabe mencionar las acciones de los trabajadores de las empresas AarAb y Wagon Pars, que ocuparon y tomaron el control de las plantas logísticas e industriales de la ciudad de Arak. O los trabajadores del petróleo, el gas y las minas, que acudieron a la huelga para protestar por los bajos salarios, la inseguridad laboral, la eliminación de las subcontratas y la mejora de las condiciones laborales. También destacan los estudiantes militantes de las universidades de Teherán —que fueron a las manifestaciones y llamaron al resto de estudiantes a la lucha callejera—, o los trabajadores de la salud y la educación. Todos estos segmentos de la sociedad iraní representan, para la izquierda revolucionaria del país, la vuelta de la clase obrera a la escena política.

Al mismo tiempo, organizaciones obreras y de mujeres como el Consejo para la Organización de Protestas de los Trabajadores Petroleros, el Consejo de Coordinación de Protestas de Enfermeras, varios sindicatos de pensionistas o el Sindicato de los Trabajadores de caña de azúcar de Haft Tappeh, llamaban a usar con más intensidad herramientas como las huelgas generales y comités de ayuda mutua, cánticos nocturnos, control vecinal y la coordinación revolucionaria como acciones decisivas frente al Estado y el capitalismo, en dirección a expandir masivamente un movimiento político y revolucionario.

También se hicieron públicos los comunicados de apoyo de los “activistas trabajadores del Kurdistán y Azerbaiyán”. Mientras que parte de la izquierda occidental acusaba al pueblo kurdo, en genérico y como si fueran un ente unitario, de apoyar al sionismo genocida, algunas organizaciones llamaban a derrocar al monarquismo y generar un “movimiento reflexivo hacia el horizonte revolucionario” para poder enfrentar los proyectos de cambio de régimen imperialista y sionista, “en defensa de la clase trabajadora y el futuro socialista”.

Una vez expuestas las posiciones de los movimientos revolucionarios en Irán, específicamente en el contexto de las protestas, y entendiendo que una posición de bloques estatales desplaza la cuestión de clase y las demandas concretas de los trabajadores, nos surgen varias preguntas. ¿Qué ocurre con los grupos armados o movimientos que se apoyan en potencias para continuar su proyecto? ¿Están ellos posicionándose ideológicamente con una potencia u otra o actuando bajo análisis reduccionistas? ¿Debemos aceptar esas posiciones o dejar de apoyar a los movimientos?

4. Entre potencias y resistencias: aprovechando las contradicciones de las guerras imperialistas en Palestina y Kurdistán

Los actores no actúan en el vacío, ni por pura ideología, sino dentro de estructuras materiales de poder y contextos históricos que escapan a su control relacionados con el capital, la guerra y el imperialismo. Esta cuestión material condiciona toda su actuación. Las potencias regionales o superpotencias, tal como lo son Irán, Estados Unidos e Israel, no apoyan a los movimientos por solidaridad sino por interés. Normalmente se instrumentalizan movimientos armados regionales y se utilizan como proxies[4] con el fin de debilitar a rivales, como las luchas de liberación kurdas y palestinas a pesar de toda su diversidad interna.

Afirmar que el movimiento armado y político en Rojava es incoherente o que “se ha vendido al imperialismo”, como se escuchaba estos días tras la ofensiva del gobierno islamista de Al-Jolani, por aliarse tácticamente con los Estados Unidos o negociar con el gobierno, es cuanto menos poco riguroso y acrítico. Si analizamos detenidamente el contexto, podemos ver que las milicias kurdas no controlan un territorio soberano y que además se ven rodeadas de enemigos poderosos como Turquía, los gobiernos sirios de Assad y Jolani, o el Daesh, por lo que militarmente son muy vulnerables.

De modo que podemos comprender que sin un territorio seguro no pueden llevar a cabo el proyecto del Confederalismo Democrático, y que sin apoyo militar no pueden resistir los embates de Turquía o del Daesh, por lo que una alianza táctica es una estrategia fundamental para la supervivencia material de los grupos armados. No se trata de afinidad ideológica sino, tal como ya decían personajes históricos tan importantes como Lenin, se trata de aprovechar las contradicciones interimperialistas y las grietas que generan sus conflictos en interés de la clase trabajadora.

Los grandes juegan con los pequeños, así como los pequeños juegan con el contexto y en ocasiones con los grandes. Estados Unidos utilizó al movimiento armado en Rojava como carne de cañón contra el Daesh, para la desestabilización del régimen de Assad y como comodín para negociar con Turquía, al mismo tiempo que le seguía vendiendo armamento y apoyando con inteligencia militar. Mientras que los kurdos recibieron entrenamiento y armas del hegemón que utilizaron para continuar con su movimiento. La lucha armada en Kurdistán no es nueva, llevan más de cuarenta años batallando y tienen claro quién es el enemigo.

Claro está, jugar con un contexto que no puedes controlar tiene consecuencias, y se están viendo mientras escribo este texto: Estados Unidos ha dejado tirados a los kurdos, usados como moneda de cambio para un trato entre Israel y Turquía, países que se disputan y reparten la hegemonía e influencia actualmente en Siria frente a la decadencia de Irán. Tras el visto bueno de Estados Unidos e Israel, el gobierno de Damasco con el apoyo de Turquía, lanzó una gran ofensiva contra Rojava. La Administración Autónoma perdió mucho territorio, sufrió varias masacres y no logró detener el avance de las fuerzas islamistas.

A día de hoy, a la hora sacar el artículo, los acontecimientos van cambiando muy rápido, pero todo parece indicar que la Administración Autónoma desaparecerá tras un acuerdo de alto al fuego con el gobierno. Según la información preliminar mantendrán autodefensas armadas en sus ciudades en forma de batallones y brigadas integradas legalmente en el ejército de Damasco. Las fuerzas estatales no podrán acceder a las zonas de Kobane, Hasakah ni Qamishlo, únicamente lo harán algunas fuerzas al centro de estas dos últimas ciudades. La administración pasará a estar integrada en las instituciones sirias.

En términos de logros revolucionarios esto constituye, al menos en mi opinión, una capitulación en parte, forzada por el gran número de fuerzas enemigas y el apoyo total que reciben de las grandes potencias. Han logrado derechos civiles y reconocimiento como pueblo, pero las instituciones democráticas y el autogobierno que generaron, según el acuerdo, deben desaparecer de manera progresiva. Es pronto para decirlo, pues no sabemos qué estrategia pueden estar desarrollando sus cuadros, que llevan tantos años con el arma a la espalda; solo los acontecimientos podrán decir. Y es que todo movimiento revolucionario debe saber cuándo retirarse, cuando pactar o cuando pasar a la ofensiva si quiere sobrevivir o mantener con vida a su comunidad frente a las masacres.

El caso palestino es parecido. Su posicionamiento estructural es incluso más débil que el de los movimientos políticos kurdos. Está sufriendo un genocidio. La ocupación militar y la limpieza étnica es continua, enfrentando una posición de total asimetría frente a Israel. Es por ello que recurren a apoyos en el exterior. Irán, que se disputa la hegemonía en la región frente a Israel, apoya con armas, inteligencia y financiación a los movimientos políticos palestinos, en especial hacia facciones islamistas como Hamás. Por lo que algunos movimientos armados palestinos están siendo usados como ejércitos proxy por parte de Irán. 

Esta condición de subordinación no implica —o no tiene por qué implicar—  adhesión, coherencia doctrinal con Irán o control político total. En el caso concreto de Hamás todo parece indicar que tienen afinidad, pero no es el caso de parte de los movimientos políticos palestinos socialistas o nacionalistas que se sirven también de sus armas. Tras dos años de genocidio los palestinos, al igual que en la imposición al pueblo kurdo, sufren ahora una falsa “Junta de Paz” que se han visto obligados a aceptar y que no es más que un proyecto colonial e imperialista de algunos multimillonarios que todos conocemos.

En definitiva y para resumir la idea que aquí quiero desarrollar, los movimientos subalternos, si queremos denominarlos así, navegan en estructuras que les vienen dadas por la realidad de la disputa hegemónica de las potencias; no eligen ellos el contexto. Se trata de explotar las contradicciones del capital, en el caso de kurdos y palestinos para sobrevivir tanto política como físicamente. Por lo que, en todo caso, como movimientos revolucionarios no debemos preguntarnos cuánto de ideológicamente puros son en comparación con nuestras ideas, sino qué estrategia son capaces de implementar para avanzar hacia la revolución en cada contexto y plantear lo que consideramos sus limitaciones y errores de la misma.

Las alianzas puntuales de actores subalternos con potencias estatales, como hemos explicado, no implican adhesión ideológica sino un cálculo de supervivencia. Se trata de un enfoque instrumental de actores que operan bajo enormes asimetrías de poder sin compartir por ello su proyecto político. Se trata, en muchas ocasiones de cálculos estratégicos de corto o medio plazo enfocados a mantener autonomía y sobrevivir. En cambio, entender que el sistema internacional se organiza por bloques cerrados y homogéneos —imperialistas y antiimperialistas— lleva a apoyar automáticamente y de modo acrítico a regímenes extremadamente contrarios a nuestros intereses como clase, tal como vienen haciendo militantes y organizaciones de la izquierda revolucionaria occidental.

Aprovechando que hablamos de kurdos y palestinos, vamos a responder a algunas cuestiones que durante estos días aparecían en redes sociales y publicaciones de la izquierda radical. ¿Es el movimiento kurdo pro-israelí? ¿Está alineado con el proyecto sionista en oriente medio? ¿Qué relación tienen el movimiento de liberación palestino y el kurdo? ¿Son movimientos enfrentados o incompatibles en la actualidad?

5.  Kurdos y palestinos: de los campamentos en el Líbano a las alianzas tácticas con potencias

La relación entre los movimientos políticos kurdos y palestinos ha experimentado transformaciones a lo largo del tiempo. No obstante, sus trayectorias se han entrecruzado y han dado lugar a episodios de cooperación política y solidaridad. Ambos pueblos comparten condiciones estructurales semejantes: la ausencia de un Estado realmente propio y de soberanía plena —en condiciones muy restringidas—, procesos de diáspora forzada y dinámicas de fragmentación territorial y limpieza étnica por parte de otras potencias.

En los años ochenta, el Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP) acogió a exiliados del Partido de los Trabajadores del Kurdistan (PKK) en campamentos de refugiados libaneses, donde fueron entrenados en guerra de guerrillas y prácticas de organización política. De hecho, durante la invasión israelí del Líbano en 1982, combatientes del PKK lucharon junto a combatientes libaneses y palestinos contra los israelíes, terminando en la muerte de diez guerrilleros y la captura de quince de ellos. Pasaron por centros de detención y fueron interrogados por israelíes y turcos. Aquella cooperación basada en una perspectiva antiimperialista y socialista común forjó la memoria y la práctica política de muchos de los combatientes de ambos grupos.

Frente Popular para la Liberación de Palestina (1969).

Frente Popular para la Liberación de Palestina (1969).

Tras el declive de la izquierda revolucionaria palestina y el ascenso de las fuerzas islamistas, emergieron fricciones entre ellos. Hamás mantiene vínculos con Turquía y con Irán —que reprimen a los movimientos de liberación kurdos— y ha elogiado en varias ocasiones las operaciones turcas en Afrin. Algunos sectores de la población kurda interpretan estos movimientos en clave nacional y religiosa y no desde un enfoque clasista o anticolonial, lo que ha generado roces entre ambas luchas. Esto no quiere decir que los kurdos, en genérico, se posicionen ahora con Israel.

De hecho, el PKK y la Unión de Comunidades del Kurdistán (KCK) condenaron y calificaron de manera tajante la invasión de Gaza como genocidio ya desde noviembre de 2023. Pero no por ello han dejado de criticar a Hamás y su estrategia islamista por desarticular, en ocasiones de manera violenta, a la izquierda revolucionaria palestina. El KCK hizo un llamamiento a los palestinos para volver a la senda socialista y dejar de lado los vínculos que mantienen sus grupos islamistas con Irán y Turquía, crítica que al mismo tiempo se podrían hacer también a ciertos sectores del movimiento kurdo.

Por su parte, Israel ha generado vínculos con el Kurdistán iraquí dentro de su estrategia de fragmentación estatal en la región, por lo que algunas organizaciones kurdas de la región lo ven como aliado y han ondeado su bandera. Israel junto a Emiratos Árabes Unidos apoya a determinados movimientos secesionistas en Somalia, Kurdistán, Libia, Yemen y Sudán.

La relación de ambos movimientos ha ido fluctuando, atravesada por el internacionalismo, los intereses inmediatos, los cálculos estratégicos y la pura supervivencia. Las relaciones internacionales son de todo menos sencillas, los contextos vienen dados, y los movimientos políticos navegan por un mar tormentoso y complejo de entender y manejar, pero la solidaridad de clase internacionalista persiste siempre en las bases y en los movimientos internacionales mientras ambas luchas se entrecruzan con la geopolítica mundial y regional.

Notas:

[1] Es importante remarcar que la pérdida de tasa de ganancia no se debe únicamente a las sanciones, sino que se trata de una dinámica global del capitalismo actual.

[2] Cuerpos de la Guardia Revolucionaria de Irán.

[3] Mucha de la información de esta sección la hemos extraído de la revista Partisan Magazine, que ha realizado una compilación extraordinaria de comunicados y proclamas obreras de las últimas protestas en Irán.

[4] Con proxies —en singular proxy— nos referimos normalmente a actores armados no estatales y con agenda política propia que recibe apoyo material, logístico e incluso de inteligencia por parte de un Estado, el cual usa al grupo armado para externalizar los costos de la guerra, poder negar su participación en un conflicto (no llevar a sus fuerzas a terreno), o mantener dependiente al grupo para unos fines concretos.

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