La lucha docente sigue presente

La lucha docente sigue presente

El pasado lunes 24 de noviembre algo más de 150 personas se reunían frente al Parlamento de Cantabria. Mientras tanto, dentro, VOX y PRC unían sus votos a los del PSOE para rechazar los presupuestos del PP y una de las razones era, precisamente, la falta de acuerdo en el conflicto educativo. 150 manifestantes no tumban unos presupuestos, pero 9.000 docentes sí lo han hecho. Y, sin embargo, 150 personas frente al Parlamento parecen indicar que la lucha docente está desinflada. ¿Qué está ocurriendo realmente?

Hay un hecho objetivo en cualquier lucha antagónica, sea del tipo que sea: más allá de la retórica, de la narración, del relato y de mirarnos el ombligo, todo lo que no sea una victoria es una derrota. Se podrán “avanzar posiciones” que nos sitúen en un mejor escenario para otros conflictos, se podrá tener una “victoria moral” que nos proporcione fuerzas en otros contextos: pero si no se gana, se pierde. Y, desde esa perspectiva, a día de hoy, 25 de noviembre, en el conflicto educativo por la adecuación salarial el colectivo va perdiendo frente a Sergio Silva. Y, precisamente por lo argumentado en este párrafo, tan pronto ceda Silva (se haya “llegado a un acuerdo”, dirá la prensa burguesa) el profesorado lo habrá ganado. Por tanto, no hay razones para cantar victoria, pero tampoco para tirar la toalla. Hay que, simplemente, afinar el tiro.

 

Es cierto: 150 personas parecen la muestra viva de una derrota anunciada. Pero merece la pena pararse a mirar otros indicadores para fijarnos en qué momento estamos realmente del conflicto. A modo de ejemplo, me centraré en el apoyo a las jornadas de huelga. A lo largo de este conflicto, la Junta Personal Docente en su conjunto ha convocado un total de cuatro jornadas de huelga unitaria. Los seguimientos de éstas han sido: 67% en la del 3 de abril; 52,3% en la del 28 de mayo; 52,8% en la del 29 de mayo, 51,3% en la del 23 de octubre. Las diferencias de un punto porcentual no creo que merezcan tenerse en cuenta, teniendo en cuenta que pueden verse afectadas por días de permiso solicitado, bajas o que determinado día se trabaje o no en jornada parcial.

Es cierto que hay una bajada importante (15,7 puntos) entre el primer y el último día de registro de huelga. Con todo, creo que debe tenerse en cuenta que el 3 de abril se convocó una única jornada de huelga, mientras que en el caso de las del 28-29 de mayo y la del 23 de octubre todo el personal docente estaban convocado a dos días de huelga (en el caso del 28-29 de mayo, ambos días para todos los cuerpos; en el caso del 23 de octubre, esa misma semana se convocó a colegios, institutos, centros de idiomas y conservatorio y escuelas de arte por separado). El conflicto tiene distintos niveles de intensidad dependiendo de la exigencia de las acciones concretas y de su extensión en el tiempo. Algunas otras cuestiones se podrían añadir para reforzar esta tesis: impresionantes movilizaciones de miles de personas frente a tristes concentraciones de poco más de cien personas; la extraordinaria movilización de primaria frente a los titubeos de secundaria o el esquirolismo insultante de escuelas de idiomas…

Si acaso no está bajando el apoyo, ¿es posible que aumente? Merece la pena recordar que en esta última ocasión, un único sindicato de la Junta, Comisiones Obreras, decidió realizar una convocatoria diferente: frente al día común (23 de octubre) y otro día adicional por cada centro de trabajo, CCOO mantuvo la convocatoria inicial (desde el 20 al 24 de octubre para todos los cuerpos). El seguimiento en estos días fue mínimo y ha servido a algunas personas para argumentar que el funcionariado docente no quiere profundizar el conflicto o que “ya se nota el cansancio” y empiezan a tirar la toalla. Creo que es un análisis incorrecto: una de las claves narrativas de este conflicto ha sido, precisamente, la unidad sindical; el escaso seguimiento parece más bien un castigo a la estrategia de haber roto con la Junta que un rechazo a la herramienta en sí misma. Y no digo, con esto, que el profesorado cántabro esté dispuesto a ir a la huelga de una semana o indefinida: digo, simplemente, que no ha habido una oportunidad real para probarlo. El seguidismo del personal trabajador a la Junta, tampoco sería, en cualquier caso, una buena noticia.

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Todos estos datos creo que demuestran un hito máximo de apoyo en una acción puntual y una «base mínima de compromiso» que es mayoritaria. La poca variación entre los datos de mayo y octubre creo que revelan que el apoyo real a la causa no ha disminuido. La lucha docente, aunque los ritmos se prolonguen, no ha perdido fuerza. Pero lo cierto es que el apoyo tampoco ha aumentado y, a más largo es un conflicto, más posibilidades tiene la facción “conservadora” de acabar triunfando: a fin de cuentas, solo tiene que aguantar el tipo.

Creo que la palabra que mejor define el estado actual del conflicto es, precisamente, estancado. No está derrotado (llevar a la huelga a más de la mitad de un cuerpo de 9.000 personas trabajadoras y manifestaciones frecuentes que superan los 5.000 y 6.000 participantes, con picos de hasta 8.000 difícilmente puede llamarse derrota) pero no consigue avances. Ante el problema que esto supone, cabe preguntarse, ¿qué estrategias puede seguir el personal docente para salir de este estancamiento?

Creo que puede ser contraproducente incidir más en los centros que más movilizados están. Quienes trabajamos en algunos centros educativos movilizados hemos visto como, en numerosas ocasiones, se repiten las visitas sindicales pero, ¿de qué sirven esas visitas, si ya estamos movilizados y movilizadas? Algunos centros han tenido un seguimiento en torno al 70% en todas las acciones habidas. ¿Es posible llegar al 100%? Probablemente el coste para intentar alcanzarlo (discusiones sobre aplicar una u otra estrategia, debates bizantinos y burgueses sobre la libertad individual del esquirol a perjudicar al resto) sea mayor que las posibilidades reales de aumentar esa participación. Creo que una horquilla de participación entre el 50 y el 67% es lo suficientemente fuerte como para realmente imponer sus demandas si realmente se lo proponen.

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Pese a esto, creo que sería importante ampliar la base del conflicto. No tanto para intentar superarlo sino para ir “sustituyendo” el (lógico) cansancio de los compañeras y compañeros. Creo que es posible aumentar esta base mediante la implicación de compañeros y compañeras cuyos centros de trabajo no hayan tenido una participación importante en las movilizaciones. Es importante que el personal trabajador docente pueda identificar en qué centros ha sido mayor o menor la participación en el conflicto para incidir más en los que menos; para apoyar a aquellas personas compañeras que, solas, apenas se atreven a ir a la huelga o ven muy complicado organizar una asamblea. En este sentido, ya se han comenzado a organizar actos en algunos centros y, en los siguientes meses, se espera que se repliquen en otros. Permanezcan con atención vigilantes.

Así, dado que estamos ante un conflicto laboral, creo que la principal y primera estrategia, que ya está en marcha, debe ser desbordar las demandas del profesorado. La adecuación salarial es justa y necesaria pero, observando la precariedad laboral general y que una mayor parte del cuerpo los docentes vienen de realizar otros trabajos, no parece un motor suficiente para movilizar de forma constante y permanente a los trabajadores y trabajadoras de la educación pública. Ahora bien, si incluimos otras medidas, como las ratios, el fortalecimiento de los equipos de orientación o la reducción de burocracia, la implicación de los docentes a la lucha será, probablemente mayor.

Sobre este aspecto, el consejero Silva —ebrio de poder y creyéndose ganador del conflicto salarial— busca imponer tribunales en las oposiciones a partir de sus afines (3 de cada 5 miembros elegidos por Consejería, y no al azar como era hasta ahora) y que la calificación de oposiciones anteriores no se mantenga en posteriores oposiciones. Ambas medidas podrían tener un efecto arrollador sobre el personal nuevo: por una parte, que hayan pasado el filtro (ideológico) de Consejería; por otra, que estén en una situación más precaria (a fin de cuentas, cada dos años tendrían que “reciclarse o morir”) lo que ayuda a que sean más dóciles ante futuros conflictos laborales. Es necesario (y posible) movilizar tanto a las personas aspirantes de futuras oposiciones como a los veteranos interinos.

Algunas de estas demandas del profesorado son de carácter general, como las expresadas más arriba. Pero existen otros dos niveles que creo que pueden ser igual de interesantes: en primer lugar, aquellas demandas relacionadas con el centro en sí mismo: rehabilitación de espacios, mantenimiento de los equipos electrónicos, disposición de materiales…; en segundo lugar, aquellas que tienen que ver con el entorno del centro, especialmente con la accesibilidad y la peligrosidad del tráfico rodado, pero también pueden ser otras como la cercanía de una casa de apuestas. Ambas tienen la ventaja de que evidencian una realidad obvia para aquellas personas que trabajamos en centros educativos: que nuestro centro de interés siempre es el alumnado.

Se abre aquí el debate, siempre eterno en el conflicto educativo, sobre si debemos construir una alianza con las familias para conseguir nuestros objetivos —con el peligro de que nuestras demandas de clase queden olvidadas, o que perdamos el tiempo en intentar convencer a alguien que no quiere ser convencido—, o si debemos, por el contrario, ignorar a las familias —con el peligro de que las familias se conviertan en ariete en nuestra contra. Probablemente (y no negaré que es una manera elegante de eludir el debate) debamos seguir nuestra propia hoja de ruta como trabajadores y trabajadoras pero con la información y amabilidad debida al resto de la comunidad educativa.

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Pero quizás más importante en relación a estas demandas locales sea el hecho de que la planificación, organización y selección de estas demandas solo puede partir de la comunicación entre colegas de centro de trabajo, algo que fortalece los lazos a la hora de llevar a cabo cualquier acción (sean encierros, manifestaciones o huelgas). Toda acción reivindicativa en un conflicto laboral parte del centro de trabajo y, cuanto más fuerte sea la base, más lejos podrá llegar el vértice.

Esto nos lleva, como no, a una nota final. Quizás todos los actores implicados (los sindicatos, por supuesto, pero también el personal de los centros) hemos dejado demasiado espacio público a la participación de los partidos políticos en todo este asunto. Un conflicto laboral no puede depender del circo electoral de PP, PRC, VOX y PSOE de que la sucesora de Revilla consiga convencer a una arribista acechada por el fascismo de Vox, todo esto ante la inoperancia del Partido Social-liberal. Ya hace demasiado que se dijo eso de que la victoria (¿o era la emancipación?) de la clase trabajadora será obra de la clase trabajadora misma. Si el PRC consigue arrancarle unos presupuestos al PP —algo, a día de hoy, poco probable— sería para nuestra lucha, en el mejor de los casos, una victoria pírrica. Sí, es cierto, que eso implicaría haber convencido al conservadurismo del PRC de la fuerza del profesorado; pero no dejaría de ser una participación en el juego de trileros que es el Parlamento cántabro que dejaría desarmado al personal docente ante futuros enfrentamientos. Solo con centros de trabajo realmente organizados los trabajadores de educación el personal educativo tendrán la oportunidad de resistir ante futuros embistes de este u otro gobierno y de avanzar para ganar derechos.

El título de este artículo es, precisamente, un cántico que se escuchaba en la manifestación del lunes. Un cántico que no era muy habitual pero que refleja, precisamente, esa situación actual de estancamiento. Los y las docentes seguimos aquí, sí, pero si no nos organizamos desde abajo, y pronto, nuestro conflicto se disolverá como lágrimas en la lluvia. Es ahora.

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