Apuntes sobre el origen del Comité de Solidaridad en Cantabria. 1979

Apuntes sobre el origen del Comité de Solidaridad en Cantabria. 1979

Tino Brugos.

El compañero Tino Brugos falleció el 10 de noviembre de 2025. Fue, en 1979, uno de los co-fundadores de lo que ahora es el Comité de Solidaridad con los Pueblos. Compartimos ahora un artículo que escribió con motivo de la publicación de nuestro libro «Internacionalismo en Cantabria 1979-2008». pp. 191-198.

Cuando estamos a punto de cumplir los treinta años del triunfo de la Revolución Popular Sandinista en Nicaragua, los compas del Comité me piden que comente y escriba alguna cosa referida a cómo fueron los hechos que dieron origen a lo que, en principio, fue el Comité de Solidaridad con El Salvador para después convertirse en el Comité de Solidaridad con Centroamérica, que llega hasta nuestros días bajo el nombre de Comité de Solidaridad con los Pueblos y la asociación INTERPUEBLOS vinculada al mismo. La verdad es que una propuesta semejante no deja de ser algo satisfactorio para quien esto escribe en la medida que, para algunas personas, tuvo una cierta trascendencia y significado lo que unos cuantos amigos y amigas hicimos en aquel momento. Claro, por otra parte, no deja de tener el lado amargo de reconocer que el tiempo va pasando y, cuando a uno le piden que rememore algo, le están diciendo de forma discreta que se ha hecho mayor.

Recordar cómo fue el origen del Comité es una tarea que no se puede hacer sin intentar sumergirse en las circunstancias que vivía nuestro país en aquellos años. Franco había muerto en 1975 y con su cadáver todavía caliente se puso en marcha una impresionante movilización que afectó a todos los sectores de nuestra sociedad. El mundo del trabajo, el campesinado, las mujeres, los barrios o la juventud fueron sectores que tomaron las calles y politizaron, de repente, a una sociedad que hasta ese momento había vivido, en buena parte, ajena a las circunstancias sociales y políticas debido a la represión de la dictadura.

La politización de la juventud

Quienes éramos adolescentes en 1975 conocimos el proceso de forma impactante. En realidad nuestra politización había comenzado un poco antes con la vorágine de noticias sobre temas políticos que nos llegaban desde múltiples ángulos y a pesar de la existencia de una férrea censura, encargada de excluir como noticia todo cuanto podía perjudicar los intereses de la moribunda dictadura.

Una pandilla de jóvenes, entre los que me cuento, nos habíamos politizado en el mundo de los grupos juveniles de origen cristiano. Habíamos salido de los Jesuitas para formar un club juvenil que tenía su sede en la Plaza de Ataranzas, de donde terminamos tomando el nombre. Un sacerdote, Chus Garmilla, era quien aglutinaba y dirigía el grupo, así como el Club Scout de la Parroquia Bien Aparecida de Cuatro Caminos. Existía otro club semejante en Torrelavega, La Pajajera, dirigido por el hoy reaccionario e integrista arzobispo de Oviedo Carlos Osoro. En aquel medio aprendimos algunas cosas básicas como la necesidad de comprometernos con algo en la vida, acercarnos a la problemática social y mantener una vida coherente con esos ideales.

Todo eso ocurría en una época de emociones fuertes. Empezaban a llegar a nuestras manos los primeros periódicos clandestinos; aprendíamos todas las canciones protesta de moda en aquella época; conocíamos la experiencia de Chile durante el Gobierno de Allende; sabíamos lo que le ocurrió por intentar transformar la realidad social de su país y también aprendimos quiénes fueron los responsables: los llamados Estados Unidos. Mayor impacto, aún, nos causó la llegada de una cassette con la cantata Santa María de Iquique, de Quilapayún, en unas condiciones de sonido deplorables pero que reprodujimos miles de veces para los amigos y amigas hasta que decidimos que podíamos hacer una representación de la misma y difundir alguna de las cosas, sin duda pocas, que sabíamos de Chile. Dicho y hecho. En pocos meses un grupo de gente aprendió a tocar los instrumentos utilizados en el disco que conocíamos y nos pusimos a representar la cantata por todos los sitios de Cantabria desde los que nos llamaban. Yo recuerdo que mi papel en dichas representaciones consistía en leer una larga introducción que explicaba la historia del movimiento obrero chileno. De aquella experiencia salió lo que después sería conocido como grupo Colibrí.

Aquella experiencia contribuyó, también, a la politización definitiva de nuestro club juvenil, de tal modo que, poco después, decidimos implicarnos políticamente, alguno en el PCE y otros, la mayoría, en las Juventudes Socialistas. A finales de 1975 el mapa político en Cantabria era lo bastante reducido como para no tener mucho entre lo que elegir.

La experiencia política en los primeros años de la Transición

Quienes nos fuimos a las Juventudes Socialistas no éramos conscientes de que, con aquel paso, iniciábamos la tarea de reconstruir una estructura política que estaba llamada a dar continuidad a la organización que se desmanteló con la toma de Santander por las tropas franquistas. La verdad era que derrochábamos activismo y entusiasmo en un momento y con una opción política que no inquietaba demasiado a las fuerzas del orden. Quizás por eso éramos osados en nuestras primeras actividades públicas, a pesar de que el PSOE y las JJ SS eran todavía ilegales. 1976 y 1977 fueron años de fuerte impacto emocional y aprendizaje a marchas forzadas, espoleados por una realidad que se transformaba de forma vertiginosa.

Recuerdo con especial emoción mi participación en la mesa del primer mitin convocado por el PSOE desde la Guerra Civil con José Luis Cos, Pilar Quintanal, Jaime Blanco y un entonces prometedor Felipe González. Aunque la experiencia en PSOE no duró mucho tiempo, lo que allí vivimos y conocimos contribuyó a que clarificáramos nuestra orientación política. Por un lado, coincidimos con algunos veteranos como Clemente Villar, de quien siempre recordaré la frase de que “a un marxista ninguna cosa de las que ocurren a nuestro alrededor puede serle ajena”. Pero la mayoría de la militancia era poca gente que, supongo, rondaba la treintena en aquellos años. Pronto esa militancia se fue dividiendo en dos grandes sectores. Por un lado, estaban quienes se sentían identificados con el aparato central del partido y se convirtieron, aquí, en la representación del grupo de Sevilla, dominante entonces en el Partido Socialista. Por otro, estaba un sector que tenía unos planteamientos más vinculados a la experiencia del movimiento obrero y partidarios de pensar las cosas desde Cantabria. En este grupo estaba la gente que tenía grandes responsabilidades en la UGT como José Luis Cos, German Becerril, su entonces compañera Isabel, Tomás G. Quijano, José Emilio Gómez, Mili, Luis Fernando Solano, José Carlos Argos de Torrelavega, Ramón de Castro, etc. Las diferentes percepciones acabaron dando paso a una dura pugna por el control del PSOE en Cantabria, rompiéndose la unidad del partido cuando intervino Enrique Múgica en nombre de la la Ejecutiva Federal. Una asamblea extraordinaria, convocada en Castro Urdiales, acabó en un tumulto callejero y con la disolución de la naciente Federación de Cantabria del PSOE.

Toda esa experiencia política se produjo en medio de lo que en aquel momento se vino a conocer con el nombre de “desencanto”. Los jóvenes habíamos participado en esas disensiones identificándonos mayoritariamente con la línea que podríamos denominar más partidaria de decidir desde Cantabria. Una manifestación por la autonomía de Cantabria, que convocaba el sindicato pero no el PSOE y a la que asistimos, fue el desencadenante de un expediente que acabó con nuestra expulsión del partido. En medio de todo ello se desarrollaba una etapa desmovilizadora marcada por los Pactos de La Moncloa y el período constituyente, haciendo que nuestros vagos anhelos de transformación social se vieran apagados por una agenda política que marcaba otras prioridades.

Se inicia en Nicaragua la Revolución Sandinista

Entre el año 1976 y 1979 estudié Magisterio en Santander. El paso por la Escuela coincidió con buena parte de los hechos que comento. Allí había un círculo de gente que tenía un elevado nivel de politización. Hablábamos y comentábamos de todo y, en este contexto, comenzaron a llegar informaciones de algo etraordinario que estaba pasando al otro lado del Atlántico. En Nicaragua un grupo de jóvenes guerrilleros habían puesto en marcha un proceso insurreccional y avanzaban hacia la derrota militar de la dictadura y la toma del poder político.

Dicen que cada generación política tiene una referencias diferentes. Mi impresión personal es que eso es cierto. Pasado el tiempo conocí gente a quienes la Revolución cubana o la Guerra del Vietnam les marcaron de forma decisiva en su toma de conciencia política. No era ese nuestro caso. Cuba nos quedaba lejos y no tenía un especia atractivo para nosotros. Vietnam había vencido a los norteamericanos en 1975 pero quienes en torno a ese año nos iniciamos en el activismo político teníamos otras cosas en las que pensar. Además, aquel modelo no podía ser ninguna referencia en la medida en que, en esa misma época, estaban enzarzados en una guerra fratricida Vietnam y Camboya.

Lo que nos llegaba desde Nicaragua era un aire fresco, en un momento en que necesitábamos oxígeno para poder mantenernos en medio de un proceso político que se imponía, cada vez más, como una normalización hacia el contexto europeo. Es decir, la consolidación de un sistema de libertades democráticas sin llegar mucho más allá. Ni las víctimas de la Transición (todavía recuerdo bastantes nombres de quienes murieron en aquellos años de lucha por las libertades), ni la disolución de las fuerzas policiales vinculadas con la dictadura, ni otras muchas reivindicaciones se iban a poder acometer en aquel contexto. Mucho menos la reivindicación de los guerrilleros muertos en el monte o el tema de la República. Estábamos condenados a ser una generación frustrada. Ni habíamos podido luchar de forma eficaz contra el franquismo, ni íbamos a ser protagonistas de un pulso por una radicalización del proceso político puesto en marcha.

Sin embargo, la revolución era posible. Estábamos viendo cómo la hacían unos jóvenes, los muchachos, al otro lado del charco contando con menos medios que nosotros. En aquella época los únicos medios de información eran la prensa, la radio y los telediarios de la única cadena de cobertura estatal. Por ellos seguíamos lo que estaba pasando en Nicaragua. Recuerdo que desde siempre leía los periódicos de los diferentes partidos y organizaciones políticas juveniles. Uno de los periódicos de los diferentes partidos y organizaciones políticas juveniles. Uno de esos periódicos se llamaba Combate y era de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR). Me lo pasaba Antonio Movellán, a quien conocía desde que estudiaba en el Instituto José María Pereda. En un número de Combate se comentaban algunas actividades que se habían desarrollado en Madrid y se anunciaban otras convocatorias. Venía también una dirección. Era la sede del Instituto de Estudios Políticos para América Latina y África (IEPALA). Ahí surgió la posibilidad de ponernos en contacto para ver si podíamos hacer alguna cosa que pudiera ayudar los guerrilleros sandinistas de Nicaragua.

Los jóvenes socialistas que habíamos sido expulsados del PSOE encontramos refugio en la UGT. Allí recuerdo que empezamos a conocer a otra gente del mundo del trabajo, incluidos algunos jóvenes, sobre todo de la Federación de Comercio (Cardín, Antonio Haces, Miguel, etc.). Tanto la dirección local como la regional se preocupaban por ofrecernos algunas propuestas para que nos mantuviéramos políticamente activos. Recuerdo a Germán, Cos, Lucas Mier, Chiqui Coterón, Cristina…

El primer contacto

Un día planteé la posibilidad de acercarnos a Madrid para ver en qué consistía el trabajo de IEPALA. Desconozco lo que pudieron pensar al escuchar por primera vez esa propuesta, pero lo cierto es que en la primavera de 1979 contactamos con IEPALA y fijamos una cita en Madrid, en su sede en la calle Villalar, frente a la Embajada de Francia. Recuerdo que fue Lucas Mier quien puso el coche que, por cierto, nos acabó llevando la grúa.

Allí conocimos a Carmelo García, María Pilar Colchero y María Victoria. Nos comentaron lo sorprendente que les parecía que desde un organismo como la UGT nos pusiéramos con contacto para ver si podíamos asumir alguna iniciativa de trabajo solidario con el Frente Sandinista y nos presentaron a Ángel Barrajón, entonces delegado para Europa del FSLN y a un estudiante que se llamaba Orlando Guerrero. Nos plantearon que que tenían prevista una gira por España de Carlos Mejía Godoy, un cantante nicaragüense que militaba en las filas del Frente y que si podíamos organizar alguna actuación podría ser una forma de empezar.

La vuelta a Cantabria fue eufórica. Habíamos conocido, en carne y hueso, a dos personas que formaban parte del Frente. Es probable que el entusiasmo de la edad nos impulsara a tomarnos aquel compromiso de colaborar con ellos como la tarea más importante que habíamos emprendido hasta aquel momento en nuestras vidas. Ese entusiasmo se trasladó de inmediato a otra gente joven procedente de las Juventudes Socialistas refugiada en la UGT: Quinito Terán, Ubierna, Echeve, Lucía, Santos… Y a otra gente que teníamos a nuestro alrededor en las facultades y escuelas donde estudiábamos. De este modo, recuerdo que se abrió una relación especial con Óscar Corvera, con quien estudiaba en Magisterio, y que en su barrio ya había trabajado en la preparación de una exposición de fotos sobre Nicaragua, organizada por el grupo juvenil que existía en su parroquia. Antonio Gómez Movellán y otra gente de la LCR se animaron a trabajar también en el proyecto de organizar un recital de Carlos Mejía Godoy en Santander. Esta colaboración no fue complicada porque en la UGT de Cantabria había entonces militantes de la Liga que jugaban un papel bastante activo.

La UGT organizó un concierto de solidaridad con el Frente Sandinista en julio de 1979 (unos días antes de la toma del poder de los sandinistas el día 19 de julio).

La UGT organizó un concierto de solidaridad con el Frente Sandinista en julio de 1979 (unos días antes de la toma del poder de los sandinistas el día 19 de julio). Desde diversos angulos este evento marca el momento en que se inicia el proceso de constitución del Comité de Solidaridad en Cantabria.

Se organiza la red

La preparación del recital se asumió como un verdadero reto. La dirección de UGT era consciente de que se jugaba mucho con aquel compromiso porque en la práctica era una iniciativa propia. De hecho, tanto los carteles como los bonos-entrada iban firmados por el sindicato. Los jóvenes nos dedicamos a sacar el tema a la calle. Recuerdo que durante casi un mes, diariamente, instalábamos una mesa para repartir octavillas, convocar al recital y vender entradas. Nos poníamos al principio de la calle Burgos, junto al antiguo Real Cinema. Allí estábamos la gente expulsada de las JJ SS, Oscar y algún amigo del barrio que había colaborado en su exposición como Chemi Pelayo, los jóvenes de la Federación de Comercio, etc. El entusiasmo y la creencia de que aquella iniciativa era algo grande hizo que aquellos días nos sintiéramos más activistas que nunca.

La preparación del recital nos obligó a coordinarnos con la gente de Asturias, donde había otro embrión de grupo solidario. José Manuel Bárcena era quien se mostraba más activo con incesantes llamadas telefónicas que podían ser incluso en horas de la madrugada para desesperación de mis padres. Poco podía imaginar entonces que unos meses después acabaríamos Magisterio y que Óscar y yo marcharíamos a Asturias a seguir nuestros estudios y que allí nos integraríamos en cuerpo y alma a la actividad de los Comités de Solidaridad con América Latina (COSAL).

El recital se celebró en la Plaza de Toros de Santander en el mes de junio de 1979. Todavía no se había producido el triunfo sandinista pero el desenlace sería poco después. En dos ocasiones, las 8 de la tarde y a las 11 de la noche, sonaron las guitarras y las voces sandinistas con el aforo prácticamente completo. Recuerdo la intervención de Orlando en nombre del Frente Sandinista. Era la primera vez que coreábamos en público las consignas que anunciaban la victoria y contra la intervención imperialista. Se pusieron banderas en las puertas de entrada y salida donde la gente echaba dinero. Todo lo que se recogió fue para el Frente Sandinista, que nos agradeció el esfuerzo y nos pidió que no bajáramos la guardia porque la dictadura estaba en pie y Estados Unidos podía intervenir militarmente en cualquier momento para impedir el triunfo de la Revolución

Surgimiento del Comité de Solidaridad

Los compañeros de Asturias nos enviaron algunos carteles y pegatinas. Era un mapa de Centroamérica del que salía un brazo que sujetaba un fusil. Iban firmados por el FSLN y en aquella época se pagaba por cada pegatina. Distribuimos esos materiales y algunos otros empezaban a llegar desde Barcelona, donde había otro grupo que desplegaba mucha actividad.

Aquí en Cantabria, durante la fase de preparación del recital fuimos haciendo multitud de contactos con gente que se ofrecía para trabajar en lo que hiciera falta. Pasado el vendaval y tras el triunfo sandinista del 19 de julio de 1979 las cosas se pusieron en su sitio. Sin embargo, eso no impidió que se creara una mesa de coordinación en la que participaban las organizaciones juveniles y políticas. Allí estaba JOC, MCC, LCR, UGT, PT, CC OO, CNT… Se llegó al compromiso de que había que estabilizar un trabajo solidario porque empezaban a llegar numerosas peticiones desde el Gobierno de Reconstrucción Nacional de Nicaragua. Recuerdo que UGT se comprometió a ceder su sede para celebrar reuniones, guardar los materiales, hacer un cupo de fotocopias gratis para difundir información, etc.

Nuestra generación no había podido asistir a la caída del franquismo pero podíamos colaborar con quienes estaban haciendo una revolución. Muy pronto nuestra maduración política quedó condicionada por los análisis que hacíamos a partir de nuestra experiencia de trabajo y los debates con las organizaciones revolucionarias centroamericanas. Ese camino nos marcó sin duda alguna. Conocimos a personas y procesos políticos que nos obligaban moralmente a comprometernos. Se abrieron nuevas expectativas y una forma diferente de ver el mundo y de sentirnos protagonistas de unos cambios que anunciaban la posibilidad de concretar la utopía. Sin apenas saberlo, nos hicimos internacionalistas y contribuimos a la apertura de un espacio político que desarrollaba un nuevo movimiento social, la solidaridad internacionalista, en una época en la que aún no existían las ONGs.

Visto de forma retrospectiva, pienso que aquel trabajo fue una de las cosas más gratificantes de mi vida. La visión internacionalista nos llevó a abrir bien los ojos y preocuparnos por otros muchos procesos políticos. Intentamos entender mejor el mundo. Nos comprometimos con múltiples causas, algunas con perspectiva de victoria a corto plazo (El Salvador) y otras más complicadas porque no corrían buenos tiempos (desapariciones en Argentina, por ejemplo). Pero, sin duda, lo más importante fueron las miles de personas que conocí. Desde las coordinaciones estatales de Nicaragua y El Salvador, donde tenía responsabilidades, contribuimos a extender el movimiento de solidaridad por todos los rincones del estado y a introducir una visión internacionalista en la agenda de trabajo de numerosas organizaciones y movimientos sociales. Algo inédito hasta entonces que sólo fue posible porque otras miles de personas se comprometieron en esta tarea en muchos otros lugares.

Ese compromiso y el intento de mantener una coherencia con lo que decíamos nos obligó a madurar en diversos planos. Intentamos comprometernos con las luchas y las aspiraciones de otros movimientos sociales que se desarrollaban aquí. Quizás no fuera posible hacer una revolución como en Nicaragua pero sí que se podía mantener alta la cabeza y la voz para denunciar las múltiples lagunas que nuestra Transición no fue capaz de solucionar.

Y un último apunte. La coherencia personal nos obligó, aunque con retraso, a asumir cuestiones mucho más personales. En mi caso, la orientación sexual. Pienso que tendríamos poca credibilidad ante la gente si nos hubiéramos quedando haciendo agitación solidaria con quienes se jugaban la vida todos los días en cualquier lugar del mundo al tiempo que nos mostrábamos incapaces de combatir nuestra propia opresión con un coste mucho menor. Creo que no fue ninguna casualidad que en 1992 tres personas procedentes del Comité de Solidaridad con América Latina (COSAL), José Manuel González, Julián Alonso y yo mismo nos decidiéramos a fundar Xente Gai Astur (XEGA) en donde seguimos en la actualidad. Se trata de una fascinante aventura que sin la experiencia previa del trabajo solidario podría no haber surgido o, en todo caso, habría sido de otra manera.

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